EEG

Daša Drndić

ISBN: 978-84-10141-27-8

Encuadernación: Cosido

Formato: Rústica con solapas

Fecha de publicación: 9/9/2026

Número de páginas: 512

Traducido por: Juan Cristóbal Díaz

Prólogo de: Juan Cristóbal Díaz

Ilustración de cubierta: Ane Torres de Diego

PVP: 26,00€

Cofinanciado por la Unión Europea

El intento de suicidio de Andreas Ban ha fracasado y, aunque muy enfermo, aún encuentra la voluntad de llamar a la puerta de la historia para convocar a los que están encarcelados en ella. Sin piedad, disecciona la sociedad y su entorno, rechazando cualquier concesión mientras persigue los males y los secretos ocultos de nuestro tiempo.

La historia recuerda los nombres de los perpetradores, no de las víctimas, pero Ban sí recuerda, y honra a los perdedores. Viaja de Rijeka a Zagreb, de Belgrado a Tirana, de las avenidas parisinas a los castillos italianos. Los fantasmas lo acompañan allá donde va: grandes maestros de ajedrez que desaparecieron durante la Segunda Guerra Mundial; los habitantes perdidos de Letonia; criminales de guerra que encontraron trabajo en la CIA y murieron plácidamente en sus camas. La familia de Ban también lo acompaña: los que ya han fallecido y los que tienen un pie en la tumba. Como si solo le quedaran unas pocas piezas en una partida de ajedrez, Andreas Ban —y Daša Drndić— juegan una impresionante última partida contra la muerte.

«Tal vez la novela más ambiciosa del siglo xxi hasta la fecha». The New York Review of Books

«Hay una gran sabiduría, junto con una historia oscura, en estas páginas, para aquellos que estén preparados para afrontar el reto... EEG revela a Drndić como una escritora y pensadora de cada vez mayor relevancia». The Guardian

«Ninguna voz es tan abrasadoramente hermosa como la de Daša Drndić..., una gran artista literaria, una defensora de la verdad y guardiana de la memoria colectiva». Financial Times

Sobre este libro han dicho:
  • CULTURAMÁS (Ricardo Martínez Llorca)

    EEG, de Daša Drndić

    Se escribe para ahuyentar los terrores de la soledad y de la muerte, aunque tal vez invocándolos. Terror tiene una relación directa con demencia, con cualquier suerte de demencia, con cualquier mal neurológico. De ahí este extraño título, EEG, que cobra todo su sentido cuando uno cae en la cuenta de que responde a las siglas de electroencefalograma. Estamos hablando, entonces, acerca de males neurológicos que pueden tener orígenes diversos, desde los congénitos a los adaptativos. Pero, sobre todo, a una respuesta literaria de lo que podría ser el electroencefalograma del narrador de esta potente novela, porque de eso se trata en buena medida, de la construcción de una voz que resonará con tanta intensidad como las de Marcel Proust o Thomas Bernhard. 

    (...) 

    Denso, con tantísimas cosas que contar, el narrador escribe tras una severa labor de catalogación: «Vidas caleidoscopios. Como dibujos de pacientes esquizoides». Es posible que no exista otra opción cuando hablamos de consecuencias como las que trajo el fascismo o, como sostuvo Cartarescu, esa otra forma de fascismo que fueron los regímenes comunistas. En ese sentido, esta es también una novela documental, en la que lo que se documenta es un mundo plural, habitado, al que el narrador intenta mirar con la distancia de un ser sensible que quisiera mostrarse un poco misántropo para poder afrontar lo que padece como consecuencia de su paso por el mundo ejerciendo de espectador. La duda entre caer en la locura o mantenerse en la sensatez hace de él un ser inquieto y vital, también en términos literarios.

    El planteamiento poliédrico, mostrando muchas caras de lo vivido, nos habla de lo imperfecto y consigue un efecto sorprendentemente realista: «¿No fue Plinio quien escribió que nada en nosotros es tan frágil como la memoria, esa dudosa capacidad que conforma al hombre y lo desbarata? ¿A quién puedo preguntarle ahora? ¿Cómo desentrañar esa derrota familiar?

    »¿Es eso importante para mí? No lo es. Pero es interesante»

    Es fácil imaginar que volvemos a encontrarnos en una reivindicación de los humillados y ofendidos, de la derrota y la dignidad, en la que el narrador reniega de asuntos absurdos en la literatura, como los tochos de Knausgård o la obsesión por la identidad. El tiempo, nos recuerda, no es lineal, o no es lineal del todo. Tal vez lo sea su relato, pero no el tiempo, que no funciona como una dimensión, como demuestra al hablar de la búsqueda sin sentido del tiempo perdido. La memoria también guarda los crímenes horrendos y para la memoria el tiempo no existe más que de una sola manera: lo que uno recuerda sucedió ayer, y lo que olvida no sucedió nunca. La pregunta pertinente, entonces, es cómo y por qué seguir adelante. La manera que tiene nuestro narrador de responder es con la necesidad de expresarse. Y lo hace con una voz que aturde, que nos mantendrá en vela durante muchas noches.

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