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Ladrón, espía y asesino

Yuri Buida

ISBN: 978-84-10-14121-6

Encuadernación: Cosido

Formato: Rústica con solapas

Fecha de publicación: 11/2/2026

Número de páginas: 302

Traducido por: Yulia Dobrovólskaya y Jose María Muñoz Rovira

Imagen de cubierta: Iban Barrenetxea

PVP: 22,00 €

«No hay tragedias en la vida, o bien se vive el amor, o bien el vacío. Y para entender la vida ajena hay que vivir la propia».

Ladrón, espía y asesino es una autobiografía atípica, una suerte de ficción basada en las experiencias del autor en su Kaliningrado natal, un texto que se acerca al lector como un relato imaginado. En él se narra la infancia en la época de posguerra, la juventud y la madurez del protagonista, Yuri Buida, cuya máxima satisfacción reside en leer todo lo que tiene a su alcance.

Nacido tras la muerte de Stalin, marcado por un sistema político y social en declive, Buida traza el retrato de una sociedad tan deficiente como ingeniosa, tan cruel como capaz de la mayor ternura. El mundo descansa en el mal, piensa el héroe Yuri Buida, que ha adorado a Kafka desde su juventud y ha soñado con convertirse en un escritor como él: robar rasgos ajenos, espiar los más mínimos movimientos del alma y matar instantes, y, de este modo, retratarlos para siempre.

Ladrón, espía y asesino prolonga el legado de su obra maestra La novia prusiana. La atmósfera, la ubicación y las historias siguen enriqueciendo de forma natural el mundo ¿ficticio? del autor. Privado de un sentido del pasado, Yuri Buida explora sus raíces a través de una prosa agridulce en la que conviven el dolor de la historia y el anhelo de lo bello.

«El gran novelista ruso narra su infancia y juventud en una pequeña ciudad obrera poblada por gente insignificante que se disputan el diablo y Dios. La pluma burlesca de Buida saca a la luz los destellos de grandeza que se esconden en la miseria cotidiana». Le Figaro

«En las letras rusas del siglo xxi, Yuri Buida es un autor significativo. Tal vez, el más notable entre sus contemporáneos». Liudmila Ulítskaya

Sobre este libro han dicho:
  • LA LECTURA (Marta Rebón)

    Yuri Buida, un retrato del "infierno sin color" del mundo soviético

    En la novela 'Ladrón, espía y asesino' el escritor ruso construye una "fantasía autobiográfica" que explora una época poco conocida de la URSS, el Estancamiento de Brézhnev, "el tiempo del doblepensar, el cinismo y la hipocresía"

    La Unión Soviética mostraba un perfil particular dependiendo del lugar desde donde se mirara (y escribiera). Sobre todo, desde la periferia, y aún más desde la periferia de la periferia, como Kaliningrado, que fue parte de Prusia Oriental hasta la colonización soviética, previa deportación de los alemanes. Tal fue el caso de la familia de Yuri Buida (Známensk, 1954), como se cuenta en esta künstlerromanbasada en experiencia propia, con un estilo cercano al naturalismo grotesco, desde el Deshielo hasta la Perestroika.

    Y lo hace sin tapujos ni nostalgias: Buida se detiene en una pequeña localidad por lo que tiene de paradigmática, ya que ahí "la vida era estrecha, de opciones escasas, y por eso allí donde la gente no tenía escapatoria (...) la cotidianidad soviética se mostraba en su desnudez, desgreñada, desaliñada y despiadada".

    Su iniciación en los libros se narra, en esta "fantasía autobiográfica", a la sombra de un lugar especial, y metafórico, donde trabaja su padre, llamado "Vertedero", adonde llegaban revistas, enciclopedias, libros y demás textos impresos procedentes de todos los rincones del noroeste de la URSS para recuperar la celulosa. Y, dada la época, también recibían, en la planta de reciclaje, toneladas de libros cuyos lomos llevaban el nombre de Stalin en letras doradas. De allí los lugareños rescatan libros, y así nuestro protagonista tiene al alcance traducciones de Julio Verne, Stevenson, Poe o El Decamerón ("todo me lo tragaba con deleite"), si bien su panteón literario personal lo ocupan Gógol y Kafka.

    La época de la lectura se trasladará luego a los estudios superiores y a la colocación como periodista en medios regionales, que lo obligan a pasar por el embudo de los clichés y la desangelada langue de bois. Recuerda, en cierto modo, a la etapa estonia de Serguéi Dovlátov, pero con más docilidad, pues sigue los consejos de la abuela ucraniana: "Mientras no llames al diablo, él no vendrá" o "La libertad eres tú mismo, pero no olvides que también eres tu cárcel".

  • BABELIA (Leonardo Padura)

    Las memorias noveladas del escritor ruso Yuri Buida ofrecen con sus evocaciones un recorrido íntimo por tres décadas de vida soviética desde su infancia hasta la implosión de la URSS

    Un joven quinceañero, nacido en 1954 en un pequeño pueblo de la región de Kaliningrado, la antigua provincia alemana de la Prusia Oriental anexada a la Unión Soviética tras la Segunda Guerra Mundial, siente una persistente vocación por la escritura. En su momento, la voracidad lectora lo lleva a la biblioteca de la localidad donde funge como responsable la camarada Rimma, una mujer de “rodillas bonitas” con la que establece una relación intelectual y física. Gracias a la primera puede leer ciertos libros esquivos, como la copia clandestina de Agosto de 1914, una de las partes de la tetralogía La rueda roja, del disidente Aleksandr Solzhenitsyn. Y, gracias a la segunda, la bibliotecaria, algo mayor que él, le explica que “La boca de la mujer no está hecha para los besos, sino para acciones más útiles” y se arrodilla frente al artista adolescente para demostrar su consideración.

    (...)

    Espía, ladrón y asesino se integra a la vertiente que podríamos llamar literatura postsoviética, que cuenta entre algunos de sus notables representantes a la premio Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich (El fin del ‘Homo Sovieticus’) y a muy estimables escritores más recientes como la georgiana Nino Haratischwilli, autora de la magnífica novela La luz perdida, el serbio Robert Perisic, con la delirante aventura narrada en El último artefacto socialista, la albanesa Lea Ypi con Libre, su desgarrada historia personal, o la alemana Jenny Erpenbeck, autora de Kairós, novela ubicada en los años finales de la desaparecida República Democrática. Todas estas obras, desde sus perspectivas particulares, proponen una revisión histórica, social y humana de lo que fue la vida bajo el socialismo de estilo soviético en diversos países y desgranan las turbulentas y en ocasiones sangrientas consecuencias que provocó su implosión. Se trata de un corpus literario que concreta la dramática constatación de un proceso de decadencia y perversión de una utopía y la revelación de unas regularidades sistémicas que, por supuesto, también remiten a mis vivencias y experiencias cubanas, por lo cual esas lecturas me afectan de un modo más intenso, como ahora me ha ocurrido con Ladrón, espía y asesino.

    (...)

    Las memorias de Buida arrancan en su niñez pueblerina, en épocas de Jruschov, a principios de la década de 1960 —tiempo del llamado deshielo después de casi 30 años de régimen estalinista y una cruenta guerra mundial— y corren hasta el año 1991, cuando el escritor, ya decidido a dedicarse al oficio, abandona su región natal y se traslada a Moscú, justo cuando se escuchan los estertores finales del régimen soviético. Narrando su historia personal y los avatares de su vocación literaria, Buida ofrece con sus evocaciones un recorrido íntimo por tres décadas de vida soviética, en la que lo privado, lo social e incluso las acotaciones históricas remitidas a pasados más o menos distantes, le permiten esbozar un panorama desolador en el cual el vacío de las vidas cotidianas de mucha gente se convierte, quizás, en la denuncia más dolorosa contra un sistema que había convertido a sus ciudadanos —las cursivas son de Buida— “en meros usuarios de sus cuerpos”.

    Esa cotidianidad vacua, anegada con alienantes cantidades y quemantes variedades de alcoholes, pletórica de represiones, violencias personales y sociales, engaños sostenidos (como los que practica Buida en sus reportajes como redactor de prensa en órganos locales), develan las condiciones propicias que, en siete décadas de socialismo, alimentaron tantas perversiones pues “al ser humano le tira el mal, ya que a muchos les parece que les hace más fuertes”, aunque Buida también advierte que, apenas abiertas algunas ventanas de libertad, “la gente aprendía a ser diferente, a hablar en voz alta, sin bajar la cabeza, y los periodistas también”.

    Debo advertir, no obstante los desmanes anotados, que Ladrón… se lee con fruición y que en ocasiones consigue provocar risas. La mirada de Buida sobre su entorno ha asumido por momentos la perspectiva cínica propia de su tiempo —“el cinismo es el momento de transición del socialismo al comunismo”— y por largos pasajes revela ese kitsch —sobre el que teorizó Kundera— propio de su sociedad y tiempo, con tantos hombres descerebrados por el alcohol y esas mujeres rotundas con dentaduras de oro y axilas sin afeitar.

    El escritor se propone escapar de ese inmovilismo, frustración, cinismo y kitsch con las soluciones tremendas que, en más de una ocasión, le da a sus apuntes y obras: el fuego

    Pero, en el centro de una trama que recorre tres décadas agónicas, tan afectadas por el inmovilismo y la frustración, siempre está la pretensión literaria de Buida, el escritor que se propone escapar de ese inmovilismo, frustración, cinismo y kitsch con las soluciones tremendas que, en más de una ocasión, le da a sus apuntes y obras: el fuego. Porque Buida, como escritor pero ciudadano de su momento admite que “siempre, a lo largo de lo que llevaba vivido, me había atenazado el miedo: temía las incomprensiones que la sinceridad puede originar”, según confiesa y advierte que era un miedo que incluso podía estar por encima de condicionamientos sociales y políticos.

    Para su fortuna, con casi toda su obra quemada y quemadas también las naves del trabajo periodístico y los cargos partidistas que llegó a ostentar, Yuri Buida aprovecha la primera ola de libertad que recorre al sistema en desintegración y, se lanza en busca de la independencia que es, siempre, la condición más valiosa para la creación. Y comienza a vivir su segunda vida, la que “nadie sospechaba”. La que se puede leer en las novelas que, con esa libertad, ha escrito para intentar matar lo vivo en aras de lo bello.

     
  • ZENDA (Juanan Galán)

    La vida aplazada

    Cuando son buenas, nunca cansan las películas y las novelas ambientadas en la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Civil española. Creo que se debe a que nos gusta recreamos en la vileza humana más absoluta. Justificamos esa morbosidad convenciéndonos de aquello de conocer la historia para impedir que vuelva a repetirse. En el fondo, todos lo sabemos, no es eso. Nos rascamos una costra atávica. La maldad más pura, la abyección total, nos resultan simplemente fascinantes. En mi caso, puede que aún tenga menos hartura con las obras que escoltan el cortejo fúnebre del comunismo y la URSS. Para ello, abrazo por igual a Cărtărescu en Rumanía, a Harutyunyán en Armenia o a Yuri Buida en Rusia, el autor que nos ocupa hoy. El fracaso de la utopía proletaria como la gran oportunidad perdida emerge como la sublimación última de nuestras debilidades como especie.

     

    En Ladrón, espía y asesino, Yuri Buida nos sumerge en una autobiografía anclada en Kaliningrado, un oblast arrebatado a Prusia Oriental poblado por colonos rusos tras la Segunda Guerra Mundial. Una isla de tierra sin frontera con Rusia, asentada sobre minas alemanas y lindera con Polonia y Lituania. Un territorio tan fértil para la fábula y la evocación que casi cuesta creerlo. Kaliningrado guarda un regusto a Antaño.

    (...)

    Todo en esta novela sucede a cámara lenta. El costumbrismo desprejuiciado de Buida va agriándose poco a poco conforme el niño entra en la adultez. La inocencia da paso a una mayor clarividencia y, sin que apenas nos demos cuenta, el Partido, el koljós y la burocracia reptarán por todas las grietas. El trabajo como periodista —a la espera de la eclosión del Buida escritor— funciona como una alegoría perfecta de la perversión del régimen comunista. Los periódicos dirigidos por incompetentes elegidos a dedo por el Partido, los reportajes kilométricos que agotan al redactor y entierran en miles de palabras las miserias reales del proletariado, el doblepensar marca de la casa de loar el comunismo al tiempo que se anhela que acabe de una vez.

    El libro y el autor vadean los escombros del muro de Berlín para dejarnos a salvo en la otra orilla de la Historia. Detrás quedan las vidas de miles y miles de personas que padecieron «el síndrome de la vida aplazada», las que aguantaron las penurias con la esperanza de que sus hijos, al menos, vivieran mejor que ellas. El comunismo fracasó incluso en eso, siendo incapaz de realzar por contraste lo que vino después. Buida nos invita a perdonar a las generaciones marcadas por el arrepentimiento nacional, ese acto de hipocresía que consistió en culpar de todo al sistema rehuyendo las miserias firmadas en primera persona. «Cuando me jubile ya leeré a Dostoievski», se consolaba un personaje divagando con un futuro más amable. Muchos nunca llegaron a Dostoievski. Valga este libro para honrar la grandeza de su derrota.

  • LETRAS LIBRES (Ricardo Dudda)

    Una tragedia tras otra

    El escritor ruso Yuri Buida narra con frialdad y humor su infancia y juventud en la Rusia profunda.

    (...)

    En Ladrón, espía y asesino, el escritor Yuri Buida, que nació en esa provincia rusa un año después de la muerte de Stalin, no habla mucho del pasado de la ciudad. Como ocurre con todos sus habitantes, sus orígenes están en otro lado: después de 1945, la zona se vació de alemanes y fue repoblada por ciudadanos soviéticos. Los padres de Buida provenían de Chuvasia, cerca de Kazán. Para los ciudadanos de Kaliningrado, el pasado alemán de la región es un resto arqueológico; hay también un olvido institucional forzado: los nuevos colonos rusos en la zona eran considerados pioneros.

    Aunque narra la vida de una región sin un pasado ruso, Ladrón, espía y asesino es una novela muy rusa. Es difícil no caer en el cliché, pero el libro está lleno de alcohol y borrachos: “Bebían en la fábrica el etanol celulósico […] Bebían la ‘hormiguita’ o alcohol fórmico, bebían agua de colonia y barnices al alcohol, y los que habían pasado por cárceles, untaban un trozo de pan con la crema para el calzado, dejaban el bocadillo al sol para que el pan se impregnase bien de alcohol y después se lo comían. […] Bebían el aguardiente mezclado con la gallinaza rica en fósforo. Bebían los obreros, los maestros, los oficiales.” Hay violencia, depresiones, supersticiones, enfermos mentales, huérfanos, escatología, mujeres promiscuas, machismo, embarazos no deseados, una crueldad desmedida, burócratas mediocres y, de vez en cuando, una sabiduría resignada: “No hay tragedias en la vida, o bien se vive el amor, o bien el vacío. Y para entender la vida ajena hay que vivir la propia”, dice la madre del protagonista. O: “Los héroes se han respetado desde siempre en Rusia, pero el amor lo dejan para los justos. Hoy el héroe realiza una hazaña, salva a sus compañeros de la muerte, defiende la patria, pero vuelve a casa y maltrata a su mujer, y después comete un robo, engaña, se envilece… Los héroes son de un solo uso. La tierra la sostienen los justos, no los héroes.” Buida narra todo con frialdad e ironía, incluso aquello que le afecta directamente, como la muerte de su mujer embarazada o el nacimiento de su hijo.

    Aunque planteada como un Bildungsroman, esta autobiografía es en el fondo un entretenidísimo anecdotario y una galería de personajes estrafalarios de la vida cotidiana rusa desde los años sesenta hasta el final de la Unión Soviética. Buida nace en una familia relativamente privilegiada y sus padres son de una clase media cultivada muy común en la URSS: tenían estudios y gran cultura, pero sus trabajos estaban muy por debajo de su cualificación. El joven Yuri descubre pronto la literatura: la familia vive cerca de una central de reciclaje a donde llegan toneladas de libros descatalogados, que se convierten en pasta de celulosa. Allí rescata desde las obras completas de Stalin hasta revistas soviéticas de ciencia ficción. Como todos los jóvenes de la región, madura muy pronto: tiene que sacrificar a su perro con sus propias manos, sufre varias decepciones amorosas (decepciones del estilo otro hombre se queda con tu novia, o tu novia muere en la cárcel en una pelea con lesbianas), ve un par de asesinatos y alguna que otra orgía entre los matorrales junto al río. Descubre que para sobrevivir tiene que ser un tipo duro, pero también que es mucho más listo que los demás.

    (...)

    Ladrón, espía y asesino es, a veces, un libro agotador. Es un goteo constante de tragedias. Buida les da ritmo, humor y sensibilidad, pero no se dedica a salvar a sus personajes, que están irremediablemente condenados. Es un libro también lleno de belleza: encuentra poesía entre el barro y los arrabales, al borde del río donde se prostituyen las adolescentes, en las tabernas donde se intoxican los veteranos de guerra con estrés postraumático, en la vida apretada, como dice el autor, de los rusos que viven en cuchitriles insalubres. Es un libro ruso contado a la manera rusa, es decir, con resignación: la tragedia es parte de la vida. Bebamos para olvidar. Leamos poesía para recordar. El verdadero infierno es el vacío. ~

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